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    Aquilea se llamaba la ciudad que Borges y Bioy Casares crearon para la película Invasión, de Hugo Santiago, y Aquilea es también el nombre que Hernán Lucas, el librero, eligió para su librería. Si los ecos del nombre conducen inexorablemente al destino, dos augurios se materializan en ese acto de bautismo. Por un lado, la función poética del lenguaje jugando en la humorada: “Aquí-lea” –¿dónde si no en una librería?–, y por el otro, la evidente referencia al cine de culto.


    Las anotaciones que dan pie a estas Crónicas de una librería parecen avanzar en andas de ese doble sentido: el trato con los clientes, la venta de libros por internet, las rutinas diarias, la compra de bibliotecas a domicilio y hasta el pago del alquiler cobran aquí carga poética –no hay que olvidar que el librero es también poeta– y modelan una realidad subjetiva que distancia la crónica de la mera anécdota para alcanzar otros niveles de realidad. A través de observaciones mínimas, pormenores, y un notable tono confesional, Hernán Lucas acaba creando para su librería un rico universo paralelo inserto en el mismísimo centro porteño.

    Aquilea: crónicas de una librería - Hernán Lucas

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    Aquilea se llamaba la ciudad que Borges y Bioy Casares crearon para la película Invasión, de Hugo Santiago, y Aquilea es también el nombre que Hernán Lucas, el librero, eligió para su librería. Si los ecos del nombre conducen inexorablemente al destino, dos augurios se materializan en ese acto de bautismo. Por un lado, la función poética del lenguaje jugando en la humorada: “Aquí-lea” –¿dónde si no en una librería?–, y por el otro, la evidente referencia al cine de culto.


    Las anotaciones que dan pie a estas Crónicas de una librería parecen avanzar en andas de ese doble sentido: el trato con los clientes, la venta de libros por internet, las rutinas diarias, la compra de bibliotecas a domicilio y hasta el pago del alquiler cobran aquí carga poética –no hay que olvidar que el librero es también poeta– y modelan una realidad subjetiva que distancia la crónica de la mera anécdota para alcanzar otros niveles de realidad. A través de observaciones mínimas, pormenores, y un notable tono confesional, Hernán Lucas acaba creando para su librería un rico universo paralelo inserto en el mismísimo centro porteño.

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