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    "La juventud es una zona de catástrofes. La habían vivido en otro lado.

    Al evocarse, se recordaban vehementes, pero no efusivos. Instalados

    en un punto de quiebre, un nudo de instintos contrapuestos. Puro

    desorden. Afectos altaneros y conatos. Unas ganas de todo. Cierta

    incapacidad del corazón, enseñoreándose. Se veían allí desfigurados.

    Embebidos en una imagen forzada de sí mismos, como quien teme

    verse desbordado por lo que desea ser. El embate inicial del odio a

    los intrusos no ha ocurrido ni la pobreza de implorar la tolerancia

    o darla. Ni el gusto por lo turbio. Ni el recurso triste de preparar la

    alegría. Todo es aún desastre en ciernes, esperanza. Mal digerido de

    golpe, lealtad y amor propio con el mundo y disposición a sufrir, sin

    alivios. La habían vivido en otro lado. Cuando el futuro era excesivo,

    el pasado inocente, tanto que parecía múltiple…

    Cada vez que emprenden su delirio central, un temporal se cierne, el

    viento ruge. Van y vienen despeinados, el corazón tirante, los arreos.

    Se suben a los barcos. Bajan. Meten los remos dentro, el timón a

    estribor, cadenas, cordajes. Gritan. Calculan los confines del Ártico,

    las gaviotas varadas, posibles escollos, el perfil de las costas, el des-

    plazamiento de las ballenas. A veces, hasta circunnavegan la isla.

    Tienen miedo de mirar el mar —las astas furiosas, revueltas— por

    miedo de verse la emoción. No quisieran alejarse demasiado, no más

    allá del cabo. (La tragedia es indulgente de sí misma.) Se limitan a

    adivinarse en el alba, en la bruma, en la locura, el extravío.

    A mantener pura su obsesión. Cuando todo haya acabado, se enterrarán

    con los barcos…"

    Islandia - María Negroni

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    "La juventud es una zona de catástrofes. La habían vivido en otro lado.

    Al evocarse, se recordaban vehementes, pero no efusivos. Instalados

    en un punto de quiebre, un nudo de instintos contrapuestos. Puro

    desorden. Afectos altaneros y conatos. Unas ganas de todo. Cierta

    incapacidad del corazón, enseñoreándose. Se veían allí desfigurados.

    Embebidos en una imagen forzada de sí mismos, como quien teme

    verse desbordado por lo que desea ser. El embate inicial del odio a

    los intrusos no ha ocurrido ni la pobreza de implorar la tolerancia

    o darla. Ni el gusto por lo turbio. Ni el recurso triste de preparar la

    alegría. Todo es aún desastre en ciernes, esperanza. Mal digerido de

    golpe, lealtad y amor propio con el mundo y disposición a sufrir, sin

    alivios. La habían vivido en otro lado. Cuando el futuro era excesivo,

    el pasado inocente, tanto que parecía múltiple…

    Cada vez que emprenden su delirio central, un temporal se cierne, el

    viento ruge. Van y vienen despeinados, el corazón tirante, los arreos.

    Se suben a los barcos. Bajan. Meten los remos dentro, el timón a

    estribor, cadenas, cordajes. Gritan. Calculan los confines del Ártico,

    las gaviotas varadas, posibles escollos, el perfil de las costas, el des-

    plazamiento de las ballenas. A veces, hasta circunnavegan la isla.

    Tienen miedo de mirar el mar —las astas furiosas, revueltas— por

    miedo de verse la emoción. No quisieran alejarse demasiado, no más

    allá del cabo. (La tragedia es indulgente de sí misma.) Se limitan a

    adivinarse en el alba, en la bruma, en la locura, el extravío.

    A mantener pura su obsesión. Cuando todo haya acabado, se enterrarán

    con los barcos…"

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